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José Luis Ortega Vidal

Claroscuros

Duarte, el tiempo corre, se le va

03/10/2015 10:01 a.m.

Constitucionalmente, ayer el gobernador Javier Duarte de Ochoa se puso a dos meses de cumplir cinco años al frente del Gobierno y a mes y medio de rendir o presentar su quinto informe de actividades.

Cuando asumió el poder, en medio de grandes expectativas, acababa de cumplir 37 años de edad, bastante joven (qué cosas, cumple años el mismo mes en que los senadores José Francisco Yunes Zorrilla y Héctor Yunes Landa: en septiembre).

¿Alguien recuerda que el día de su asunción interrumpió su discurso en el Congreso para agradecer la presencia de la entonces poderosa dirigente magisterial Elba Esther Gordillo? “Es mi amiga, mi aliada”, dijo entonces.
 Hoy vegeta en prisión por actos de corrupción pero más que nada porque quiso oponerse a la Reforma Educativa de Enrique Peña Nieto.

Elba agradeció la deferencia revirando que Duarte era “una esperanza para todos los veracruzanos y para todos los mexicanos”.

En aquella histórica sesión, a la que asistió la secretaria de Energía, Georgina Kessel, en representación del presidente Felipe Calderón, el cordobés dijo que en los seis años de su administración se tendría en Veracruz un gobierno ordenado, cercano a la gente, transparente y que “destierre” las prácticas de corrupción a través de las “buenas cuentas”.

Duarte llegaba al poder identificado con el dictador español Francisco Franco. Cuando ya sonaba para ser el candidato del PRI, siendo diputado federal había declarado en una entrevista: “me identifico con un personaje de la historia que es muy polémico, un hombre de ideas firmes… un hombre de la historia como es el generalísimo Francisco Franco… Creo que su fortaleza, su entusiasmo, su energía es una parte importante a resaltar”.

 Como Franco, el gobernador ha resultado también una figura muy polémica.
¿Quiénes llegaban con él al gabinete, aquel cuyo escenario de presentación en el Hotel Salmones prepararon Juan Antonio Nemi Dib y Gina Domínguez?: Gerardo Buganza Salmerón en la Secretaría de Gobierno y Erick Lagos Hernández en la Subsecretaría. Otros cargos y nombres:

Sergio López Esquer, secretario de Seguridad Pública; Jorge Uscanga Escobar, secretario técnico del Consejo Estatal de Seguridad Pública y Reynaldo Escobar Pérez como Subprocurador de Justicia encargado de despacho en espera de que el Congreso lo ratificara como Procurador.

Tomás Ruiz González llegaba a la Secretaría de Finanzas y Edgar Spinozo Carrera a la Subsecretaría, mientras que Adolfo Mota Hernández quedaba al frente de la Secretaría de Educación y Marco Antonio Aguilar Yunes de la Subsecretaría de Trabajo y Previsión Social, cuya titularidad ocuparía después.

Eric Porres Blesa era nombrado secretario de Desarrollo Económico; José Guillermo Herrera Mendoza, secretario de Comunicaciones; Marcelo  Montiel Montiel, secretario de Desarrollo Social y Medio Ambiente; y José Tomás Carrillo Sánchez, secretario de Desarrollo Agropecuario Rural y Pesca.

Pablo Anaya Rivera quedaba al frente de la Secretaría de Salud; Leticia Perlasca Nuñez, de la Secretaría de Turismo y Cultura; Iván López Fernández, de la Contraloría General del Estado; Fabricio Aguilar López como encargado de la Oficina de Programa de Gobierno; y Gina Domínguez Colío como coordinadora general de Comunicación Social.

De toda esa nómina, el único que queda con su nombramiento original es Eric Porres. Llegado el momento, en la soledad, cuando ya no tenga el poder o acaso antes, Javier Duarte habrá de hacer un repaso y una evaluación de con cuántos y con quiénes se equivocó.

Porque es evidente que el estado de cosas y la situación que priva en el estado en parte es responsabilidad de quienes lo han acompañado en la tarea de gobernar. Sería injusto si se midiera con el mismo rasero a todos, pero una evaluación histórica pondrá a cada quien en el lugar que se ganaron.

Ya no es ninguna novedad comentar que Duarte está llegando a la antesala del fin de su sexenio en una situación bastante comprometida, como nunca un gobernador en la historia del estado. Por los usos y costumbres de la práctica política en Veracruz se avisora un escenario mucho más complicado que el que vive ahora como gobernador una vez que rinda o presente su penúltimo informe de gobierno, pero más cuando el PRI designe a su candidato a sucederlo.

Hoy Javier Duarte de Ochoa depende –y dependerá en el futuro– en mucho de lo que hagan o dejen de hacer sus actuales colaboradores, del apoyo de los amigos que le queden, así como de sus familiares, quienes tienen la obligación moral y filial de ayudarlo a mantener la cabeza fría, de bien aconsejarlo y de ayudarlo para que se equivoque lo menos posible y para que tome las mejores decisiones.

La política es muy cruel. El joven gobernador deberá estar muy preparado para asimilar la primera oleada de abandono que sufrirá en diciembre cuando el PRI postule a su candidato.

Entonces comenzará a conocer en serio la deslealtad y la ingratitud. El primer signo de desdén lo tuvo ya el pasado 15 de septiembre cuando casi todos los invitados a la ceremonia de El Grito no obstante que habían confirmado que asistirían no llegaron.

Mantendrá el poder constitucional pero perderá el poder político. Si es que se decide y el tiempo le alcanza, todavía podría ganar algo de terreno a favor de su imagen si actúa u ordena que se actúe en contra de funcionarios y exfuncionarios de su administración acusados de actos de corrupción.

Y deberá hacerlo porque si no, otra instancia le va a ganar el brinco: se sabe que está listo un grueso expediente para proceder en contra de uno de los más señalados de su gobierno actual secretario de despacho, entre otros.

El próximo 15 de noviembre, el gobernador Javier Duarte de Ochoa tendrá la gran oportunidad de hacer la gran defensa y alegato de su gobierno, de su actuación en el poder. Pero también de dar explicaciones. Y de justificarse. Creo que será la última vez que tenga el gran escenario porque una vez que se conozca quién será su sucesor su palabra, su dicho, ya no tendrá la resonancia necesaria para hacerse escuchar y convencer.
 
Siendo realistas y por cómo se están dando para su gobierno las cosas políticas pero también económicas al llegar a la penúltima meta de su gestión sexenal, las cosas no se ven fácil.
 El escenario se observa muy sombrío y lo que le resta en el gobierno es un reto ya no para cumplir lo que ofreció y está pendiente, ni para recomponer lo que está mal, aunque algo podría lograr o mucho si hay voluntad de hacerlo, sino para ver si tiene el genio para dar la gran sorpresa, algo positivo por lo que lo recuerden para siempre los veracruzanos sus representados.

Adentro, dentro de sus colaboradores, sé que hay varios, no sus allegados, que están dispuestos a dar el último gran esfuerzo por él y por su gobierno. Pero tiene que escucharlos y decidirse a actuar contra quien sea, sea quien sea. Ah, y alejarse de sus cercanos que sólo le han causado daño y abierto frente con sus opiniones, consejos, sugerencias y asesorías.

El tiempo corre, pronto el otoño comenzará a tirar las hojas de los árboles y a secarlas. Han llegado los “nortes”, vienen las tormentas tropicales, los huracanes, pero también el Día de Muertos o de Todos Santos, el de la visita a los panteones. Y luego, el invierno con sus fríos acalambradores. El tiempo se va. Hay que actuar, hay que decidirse. Duarte, sólo él y nadie más que él tiene la palabra.
 

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