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Arturo Reyes Isidoro

Prosa Aprisa

Pueblo con uniforme y pueblo sin uniforme

14/04/2010 09:46 p.m.

“Si hay un régimen enfermo, el ejército se enferma”. Esta sentencia la pronunció don Jesús Reyes Heroles en aquel discurso memorable del 5 de febrero de 1975 en Querétaro, con motivo de la ceremonia conmemorativa del entonces 58 aniversario de la promulgación de la Constitución de 1917. En esa ocasión, el mayor ideólogo que ha tenido el PRI hizo un recuento histórico de la evolución del Estado mexicano a partir de la Revolución de 1910 y dentro de él destacó el papel que jugó el Ejército Constitucionalista.

“Un nuevo ejército tiene la nación, formado por quienes habían tomado las armas frente a la usurpación huertista; su núcleo estaba integrado por los que habían prestado sus servicios en el ejército libertador de la Revolución de 1910 y por aquellos que, no interviniendo en la sublevación de Veracruz ni en el golpe militar, se le incorporaron. Es el Ejército Constitucionalista, cuya acta de nacimiento es de 19 de febrero de 1913”, recordó entonces.

Entre otras cosas, el ilustre tuxpeño manifestó: “Por sus orígenes y desarrollo, este ejército es popular y constitucionalista; es democrático, no habiendo más requisito para ingresar a sus filas que los méritos personales, al margen de nacimiento o fortuna; es una escuela más del pueblo. Su estructura popular y democrática, su vocación institucional, su entrega a las necesidades públicas y a las obras sociales, sus misiones en beneficio de la colectividad, su carácter de defensor de la integridad nacional y la legalidad, hacen que en México no se distinga entre pueblo con uniforme y pueblo sin uniforme”.

Y agregó: “Nuestro ejército y armada, integrados por quienes voluntariamente, atendiendo a su vocación, los escogen  como profesión, constituyen partes importantes del cuadro de instituciones nacionales permanentes”.

Treintaicinco años después, pareciera confirmarse el aserto de don Jesús: el régimen está enfermo, ergo el ejército se enfermó o más bien el gobierno de Felipe Calderón lo enfermó, y gravemente.

Que recuerde, desde 1968, cuando a raíz de la matanza de estudiantes en Tlatelolco la imagen del ejército sufrió un duro golpe como nunca antes y gran parte de la población mexicana le volvió la espalda, la labor del instituto armado no había estado tan cuestionada como ahora, con la agravante actual de que tiene serios señalamientos en contra de organismos nacionales e internacionales que lo acusan no sólo de violar derechos humanos de la población sino incluso de desaparecer y matar a inocentes incluidos niños.

En otra ocasión he destacado aquí el papel que juega el ejército en la lucha contra el crimen organizado y estoy convencido de que si no fuera por él –y ahora por la Marina-Armada de México–  el país ya estaría totalmente en manos de la delincuencia. Si así ya vemos cómo están las cosas, no me imagino al país sin la salvaguarda de nuestros soldados.

No justifico sus atropellos, pero lamentablemente el Ejército libra una guerra que no es la suya, que no le corresponde. Pero su disciplina y su lealtad a las instituciones, en  este caso a la institución presidencial, lo tiene en las calles. Me imagino a los jóvenes soldados, esos del pueblo a los que se refería don Jesús, enfrentando a los criminales organizados, quienes son sanguinarios hasta el exceso y seguramente bajo el influjo de las drogas no sólo se vuelven temerarios sino se convierten en verdaderos kamikazes. En las sombras de la noche, en plenas batallas, esos jóvenes soldados claro que también deben tener miedo de perder la vida y sabiendo que los otros no están jugando a la guerrita y que poseen armamento igual y hasta mejor que el suyo, en plena persecución, por instinto de sobrevivencia, dispararán contra la primera sombra que se mueva y no tendrán tiempo ni querrán ponerse a indagar si el que ha aparecido es o no el delincuente que buscan, que los agredió y salió huyendo. Y sí, a veces, dolorosamente, caen inocentes como los estudiantes del Tec de Monterrey.

El jueves 11 de febrero de este año quedará como una fecha en la que, como sucedió en 1968 en la Ciudad de México, el pueblo salió a manifestarse en contra del Ejército. Esta vez fue en Ciudad Juárez, cuando los habitantes de esa sufrida ciudad salieron a las calles a pedir que se fuera. Al respecto, el diario La Jornada documentó que ese día, ante la llegada tardía de Felipe Calderón a la ciudad luego de la matanza de jóvenes estudiantes a los que irresponsablemente  juzgó sin pruebas y los calificó de pandilleros, “en desplegados de prensa, empresarios, políticos y organizaciones no gubernamentales demandaron al titular del Ejecutivo reconocer la derrota del operativo militar”.

Ahora nuevamente ha sido La Jornada  la que ha informado (el martes) que hay ya inconformidad de varios generales por el papel que se les ha asignado en la lucha contra el crimen organizado y piden retirarse, a lo que el secretario de Gobernación se ha apresurado a tratar de desmentir.

El ejército debe retirarse. Su papel es otro. El presidente, como comandante supremo, debe aceptar que se equivocó. Eso los mexicanos lo tenemos muy claro. Es más que evidente que no tuvo la visión para diseñar una política apropiada de seguridad y de combate al crimen organizado, o que no supo cómo. Es viejo –y ya rebasado– el dicho aquél de que México se sostenía en cinco instituciones intocables, veneradas por el pueblo: el presidente, la iglesia, la bandera, el ejército y la virgen de Guadalupe.  Porfirio Muñoz Ledo inició la desacralización de la figura presidencial en 1988 cuando interpeló al presidente Miguel de la Madrid durante su último informe. Felipe Calderón, si no ha sido por los diputados del PRI no hubiera podido rendir protesta como presidente y ha caído tan bajo la figura presidencial que hoy cualquiera le grita espurio. La Iglesia (la católica, por supuesto), ya vemos cómo le va y también como sufre de descrédito hoy día a causa de sus personeros. La bandera, por lo menos nadie la ha tocado todavía. El Ejército, ya vemos a donde lo ha llevado su comandante supremo. Y la virgen de Guadalupe, por lo menos también permanece intocable. Pero nada más.

Por el bien de la estabilidad y de la gobernabilidad del país, hay que rescatar al Ejército y devolverle esa imagen que le pintó, merecidamente, don Jesús Reyes Heroles. Que no se distinga entre pueblo con uniforme y pueblo sin uniforme. Es posible.


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